Mi entrenamiento no funciona, ¿qué hago?

Miguel era un chico que venía al gimnasio donde entrenábamos. Trabajaba como guarda de seguridad de 19:00 a 7:00 horas de lunes a sábado y cada mañana, a eso de las 7:30, llegaba a la sala, firme en su propósito de conseguir unos pectorales y unos bíceps de infarto.

Miguel nunca saludaba a nadie, pero se hacía notar diciendo en voz alta que estaba agotado, reventado, sin comer, con sueño, que no le gustaba su trabajo ni su vida y que estaba hasta los cajones de todo, asegurándose de que la sala entera le escuchara, incluso si llevábamos los cascos puestos.

Cada día, como si fuera un ritual, llegaba jurando en idiomas, ocupaba la multipower para hacer press banca plano durante 30 minutos sin permitir que nadie más la utilizara,  después cogía una barra y unos discos y pasaba otro rato haciendo curl de bíceps para terminar haciendo abdominales en un banco declinado hasta que no podía más.

Igual que él estaba cansado de todo y de todos, los demás también estábamos cansados de él porque era tremendamente egoísta con el material y porque no nos gustaba nada entrenar con ese tufo de negatividad en el ambiente. Así que fuimos ajustando los horarios para coincidir con él el mínimo tiempo posible.

A Miguel le molestaba cualquier cosa insignificante, incluida la ropa que los del equipo llevábamos para entrenar. Nosotros siempre entrenamos con pantalón largo y sudadera porque no necesitamos enseñar cacho mientras nos ejercitamos, sino concentrarnos en lo que hacemos. Eso para él significaba que éramos unos “pringaos cuerpo-escombro” y así nos lo hacía saber ante nuestra total indiferencia.

Todos los días haciendo curl de bíceps, ¡y que no hay manera de que crezcan, oye!

Todos los días haciendo curl de bíceps, ¡y que no hay manera de que crezcan, oye!

Una mañana teníamos sesión fotográfica en el gimnasio antes de comenzar el entrenamiento. Es algo que hacemos cada 6 meses para tener un registro visual de nuestros avances y divertirnos un rato poniendo caras y poses. Nos quitamos durante un rato el chándal y nos quedamos en pantalón corto y camiseta para hacernos fotos y  volver después a cubrirnos como monjes.

Ese día Miguel apareció pocos minutos antes de que termináramos la sesión de fotos y, por primera vez, nos vio enseñando pierna, brazos y un poquito de abdominales. Se quedó ahí de pie, mirando, estupefacto. Y, cuando reaccionó, empezó a gritar que por qué él no tenía esos brazos ni esas piernas ni esos abdominales si él iba todos los días al gimnasio a entrenar como un c4br0n haciendo un gran sacrificio, sin comer, sin dormir y sin querer.

Días después coincidimos con él al final de su entrenamiento y vimos que había añadido una novedad a su rutina: un disco de 25 kilos para sus abdominales en el banco declinado.

Pasaron unos meses más hasta que se decidió a hablar con nosotros para increparnos porque él no había conseguido unos abdominales como los nuestros a pesar de entrenar con un disco de 25 kilos y para preguntarnos con cuántas repeticiones se le marcarían los abdominales.

En estos casos, lo mejor es no entrar al trapo y tratar de que el otro se dé cuenta de sus fallos para que pueda aprender, rectificar y avanzar.

 

La conversación que tuvimos fue algo como lo que sigue.

  • (Nosotros): ¿En qué consiste tu entrenamiento?
  • (Miguel): Hago press de banca en la máquina durante media hora, luego otra media hora de bíceps con la barra y al final abdominales con el disco hasta que no puedo más.
  • (Nosotros): ¿Y eso qué día de la semana lo haces?
  • (Miguel): (Con cara de orgullo y satisfacción) Todos los días, todos, todos hago lo mismo.
  • (Nosotros): ¿Y cuánto tiempo llevas haciéndolo?
  • (Miguel): 5 años, todos los días de lunes a sábado sin faltar ninguno.
  • (Nosotros): ¿Y has probado a incluir algún ejercicio diferente?
  • (Miguel): Es que estos son los ejercicios que me funcionan a mí.
  • (Nosotros): ¿Y has probado a entrenar otras partes de cuerpo?
  • (Miguel): Es que yo sólo quiero pectorales, abdominales y bíceps porque lo demás lo tengo bien.
  • (Nosotros): ¿Y has probado a hacer press banca con peso libre, por ejemplo?
  • (Miguel): Es que no puedo porque me duele el codo si meto mucho peso.
  • (Nosotros): ¿Y cargando menos peso en la barra?
  • (Miguel): (Señalando el codo) Es que no puedo por el codo.
  • (Nosotros): ¿Y algún otro ejercicio diferente has probado?
  • (Miguel): Es que esta rutina es la que me va bien a mí y no quiero cambiarla.
  • (Nosotros): Y si esta rutina te va tan bien, ¿por qué no consigues lo que quieres con ella?
  • (Miguel): Iros a la m$3rda. Ya sabía yo que no teníais ni idea de nada, pringaos.

Y se fue a hacer abdominales como si se acabara el mundo.

Es cierto que a Miguel se le juntaban varias cosas, entre otras sus malos modales y su falta de educación, pero su caso, el de una persona que es esc0j0ncia cada día en el gimnasio y no consigue lo que quiere, es más habitual de lo que puede parecer.

En los años que llevo entrenando, he visto dos variantes principales de esta situación que paso a contarte ahora mismo.

 

1) La maldición del preplaya

El “preplaya” es ese chico o chica que tiene una prisa urgente por conseguir un cuerpo de escándalo en cero coma. Normalmente sucede que se van de vacaciones en unas pocas semanas y “necesitan” tener un físico espectacular a la voz de ya.

El objetivo suele ser ligar como cosacos, sin darse cuenta de que el motivo por el que no ligan no reside en su falta de masa muscular, sino en las inseguridades que albergan en su cabeza.

A mí me recuerdan mucho a los tres colegas que viajaban de Irún a Tarifa en coche. (Para los amigos de Latinoamérica que me siguen, os diré que se trata de dos poblaciones que están cada en una punta de España, una al norte y otra al sur, y que entre ellas hay aproximadamente 1.127 kilómetros, unas 700 millas; aprovecho también para enviaros un abrazo muy fuerte).

Bueno, pues salen tres amigos en coche desde Irún y, cuando llevan una hora de viaje, uno de ellos empieza a decir que por qué no han llegado todavía a Tarifa, que ya tenían que haber llegado, que su vecino completó el viaje en media hora y que no entiende qué pasa, pero que él tiene mucha prisa.

A los 5 minutos, les dice que paren el coche, que él se baja y que se vuelve a Irún, que no quiere perder más el tiempo.

Así que se baja y se coge un autobús y regresa a su casa.

El otro amigo, que va de copiloto, también está mosqueado y lo único que repite sin parar es que la culpa es del coche, que si tuvieran otro coche mejor ya hubieran llegado, pero que como no tienen dinero para comprarlo, no van a llegar jamás. Que con un Ferrari hubieran llegado hace rato.

Al final cuentan que el conductor, harto de escuchar las majaderías del compañero, paró el coche, le obligó a bajar y siguió su camino, llegando a Tarifa tranquilamente y sin problemas para disfrutar de unas fabulosas vacaciones de sol y surf.

A los preplaya les sucede esto mismo, que quieren conseguir un cuerpo que quite el hipo en un plazo de tiempo en el que es materialmente imposible.

Unos se desaniman enseguida y dejan el gimnasio, como el primero, y otros se pasan los días pensando en que la clave de todo está en “el Ferrari” (los esteroides).

Estos últimos, si tienen pasta, terminan sucumbiendo al timador de turno que les da lo que quieren y, si no, no tardan mucho más en abandonar.

 

2) La constancia no lo es todo

También están las personas como Miguel, que piensan que la constancia es la clave de todo. Pero esa es una verdad a medias.

Esto con venir todos los días y repetir lo mismo, ya está hecho. A fuerza de voluntad no me gana ni el Tato.

Esto con venir todos los días y repetir lo mismo, ya está hecho. A fuerza de voluntad no me gana ni el Tato.

Imagínate que quieres entrar en una sala y la puerta está cerrada. Resulta que abrir la puerta es tan fácil como empujarla. Pero tú te empeñas en tirar de la manivela.

Vas el primer día y estás un buen rato tirando, y tirando, y tirando, y no se abre.

Al día siguiente vuelves y de nuevo tiras y tiras y tiras, pero no se abre.

Como no te rindes fácilmente, el tercer día estás de regreso y otra vez vuelves a tirar, sin suerte.

Pasan las semanas, y tú tirando de la manivela y la puerta que no se abre.

Y vuelves cada día, es ya una cuestión personal, y haces lo mismo de siempre y la puerta que no, que no se abre.

Piensas un montón de cosas:

  • Que es imposible abrir la puerta.
  • Que debe de haber algún truco que nadie te ha contado, un secreto para abrirla.
  • Que quienes dicen haberla abierto, mienten.
  • Que la puerta está mal hecha.
  • Que el operario que la instaló es un inepto.
  • Que para abrirla necesitas una circonita como la que tenía Superman, pero que tú no la puedes conseguir.
  • Que a lo mejor podías llamar a un cerrajero, pero que no tienes dinero para pagarle.

Ni te planteas pedir ayuda porque otros que son más tontos que tú dicen que lo han conseguido y no quieres quedar mal. Tú eres mucho más listo que ellos.

Estás lleno de frustración, pero sigues yendo cada día a intentar abrir la puerta.

Y cada día haces lo mismo, tirar de la manivela, y cada día obtienes el mismo resultado: la puerta no se abre.

La constancia puede convertirse en tu peor enemigo si te empeñas en repetir lo que no funciona.

Hay un dicho que me gusta mucho. Dice: “Si siempre haces las cosas de la misma manera, siempre obtendrás los mismos resultados”.

Y eso es lo que les pasa a los que van un día y otro y otro y otro al gimnasio a hacer lo mismo de la misma manera y no consiguen resultados. Siempre hacen lo mismo y, aunque no les funciona, piensan que haciéndolo mil millones de veces les funcionará. Y no es así.

Además de constante, tienes que ser flexible y no tener miedo a cambiar algo que no funciona.

Si siempre entrenas de la misma forma y no evolucionas, ¿por qué sigues haciéndolo? ¿Qué esperas que pase?

 

Ya, pero ¿qué hago?

Hay muchas cosas que puedes hacer si tu entrenamiento no funciona, aparte de buscar la piedra filosofal en páginas de Internet.

Lo primero que debes hacer es dejar de hacer eso que no te funciona. Atrévete a cambiar.

Además, puedes:

  • Leer libros y aprender.
  • Asistir a cursos de entrenamiento.
  • Modificar tu dieta.
  • Contratar a un entrenador personal.
  • Cambiar los ejercicios de tu rutina.
  • Probar nuevas técnicas.
  • Modificar el rango de repeticiones.
  • Variar el número de series y los tiempos de descanso.
  • Alternar con otros deportes, como la natación o el atletismo.
  • Entrenar al aire libre.
  • Tomarte más días de descanso.
  • Reducir tu entrenamiento a 45 minutos. No necesitas más.

Aparte de esto hay algo muy importante, y que sí o sí tienes que hacer, y es divertirte en el entrenamiento.

Si ir al gimnasio es para ti un “no pain, no gain” constante, un sacrificio, te aburre y vas de mala gana, en serio, búscate otro deporte.

Puedes estar “mazas” y “rocoso” practicando cualquier otra disciplina deportiva. No hay necesidad de sufrir. Ninguna.

La vida es demasiado corta como para que la desperdicies haciendo algo que no te agrada. Hay cientos de deportes entre los que elegir y seguro que hay uno que te gusta. Encuéntralo y practícalo.

No creas ni sigas a los que van con el rollo de sufridores y que se vanaglorian de hacer cada día algo que odian. Divirtiéndote sacarás mucho más tanto en el deporte como en la vida.

 

Tú me preguntas ¿qué hago? y yo te pregunto ¿qué haces?

Si tu entrenamiento no funciona, ¿qué estás haciendo tú para remediarlo?

Voy a ser más concreta. Responde con un o un no a las siguientes preguntas, ahora que nadie nos oye y anota las respuestas.

  • ¿Estás logrando tus objetivos en el gimnasio?
  • ¿Cambias tus ejercicios cada cierto tiempo?
  • ¿Has probado ejercicios distintos en el último mes?
  • ¿Has probado alguna técnica de entrenamiento en el último trimestre?
  • ¿Has revisado a fondo tu dieta para asegurarte de que cubre tus necesidades?
  • ¿Tienes espacio en tu vida para otras aficiones?
  • ¿Sigues saliendo con tus amigos?
  • ¿Te apetece ir a entrenar?

Si has respondido “no” a una sola de las preguntas, estaría muy bien que te replantearas las cosas. Hay algo que no funciona, y el único que puedes cambiarlo eres tú.

Atrévete a hacer las cosas de forma distinta. Es lo que todos los grandes hacen, los científicos, los artistas, los deportistas, los inventores… ¿O crees que ellos han llegado a donde están por perseverar en sus errores?

Y si cambias y ese cambio no tiene efecto, vuelve a cambiar.

Repitiendo lo que no funciona sólo conseguirás más de lo que no funciona.

 

Una última reflexión, si me lo permites…

Es algo que llevo muchos años pensando y viendo, y que quizá te sea de utilidad ahora o en un futuro.

La forma en la que nos comportamos respecto a nuestra rutina en el gimnasio es la forma en la que nos comportamos en la vida.

Déjame que te explique.

Si tú eres uno de los miles que no se atreve a cambiar ni una coma de su rutina, es probable que no te atrevas a cambiar el resto de cosas de tu vida.

  • Quizá estés en un trabajo que aborreces, y no te atreves a buscar otro.
  • Quizá estés hasta la coronilla de tu novio o novia, y no te atreves a dejarla.
  • Quizá estés en una casa que no te gusta, y no te atreves a hacer lo que haya que hacer para conseguir otra.
  • Quizás no estés a gusto con tus amigos, y no te atreves a dar una oportunidad a gente nueva.
  • Quizá tienes una mala relación con tus padres, y no te atreves a hablarlo con ellos.
  • Quizás estés estudiando una carrera que no te gusta, y no te atreves a estudiar lo que te apasiona de verdad.

Piénsalo.

Si te pasa algo de esto, debes tener muy claro que todo tiene remedio, pero que el cambio depende de ti.

La vida no se arregla en un minuto, y no vas a conseguir la vida de tus sueños de la noche a la mañana. Pero puedes empezar cambiando pequeñas cosas.

El gimnasio es el banco de pruebas perfecto para empezar y para que vayas adquiriendo seguridad en ti mismo. Ahí no hay riesgo, no tienes nada que perder.

Si tu entrenamiento no funciona, cámbialo. Así tantas veces como sea necesario. Lee, fórmate, prueba y descarta lo que no te sirva.

Cuando veas que los cambios van surtiendo su efecto, te sentirás fuerte por dentro y por fuera. Pero lo mejor de todo es que, sin darte cuenta, habrás abierto la veda para comenzar a cambiar el resto de aspectos de tu vida que antes no te atrevías a cambiar.

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